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Dardo se preocupó porque para hacer lugar en la heladera y además que entren dos niños había tenido que sacar sus experimentos, que tenían siempre un lugar allí dentro. Pero en lugar de dejarlos en la mesada, esta vez tomó el frasco con sus cristales rosados, que habían crecido un poco desde el día anterior, y decidió meterlos en el freezer. Cuando hizo esto, la heladera comenzó a batirse de forma intermitente, como si tuviera un ataque de eructos. Era el turno de Locami, quien no tuvo ningún problema para meterse allí, incluso ser él quien cerrara la puerta. En un intervalo que no hubo más batidas, Dardo empujó la puerta con el pie.

Estaban en el campito de siempre aunque esta vez había más gente que un rato antes cuando los cinco amigos habían dado vueltas por el vecindario, sin suerte de encontrarse a nadie. Ahora, todo parecía diferente. Las personas estaban lejos pero una pareja venía corriendo hacia Dardo y Locami.

Cuando llegaron a encontrarse, se sorprendieron por esta mujer vestida con pantalones de cuero blanco y flecos que caían de su camisa como si fueran crines de caballo, y el hombre, quien se presentó como PielRoja.

-Hola carapálidas. Estamos corriendo porque hay unos maleantes que nos quieren apresar y tenemos que escondernos. ¿Conocen alguna casa segura?

Qué pena que no le tocó esto a Simona, pensó Dardo. Y cuando iba a contestarles que se podían refugiar en su casa, cruzando el campito, Locami se adelantó a responder, con sus conocimientos de historia adquiridos en su juego de los imperios.

-PielRoja, lo que necesitás es encontrar la alcaldía en donde está el Sheriff. Allí nadie se animará a molestarlos.

-Alcaldía, sí, creo que está detrás del correo, ahí nomás de la estación -recordó la mujer vaquera, volviéndose a calzar el sombrero blanco que se había quitado por la transpiración.

Allí siguieron corriendo esos dos en dirección a la estación de tren del barrio de los amigos. Cuando el vaquero de pañuelo en la cara llegó con su caballo bayo hasta donde estaban Locami y Dardo, éste pudo ayudarlo. Ante la misma pregunta del otro día, de si habían visto a su prometida, esta vez pudieron indicarle hacia dónde estaba yendo. El vaquero taconeó su caballo que se irguió en sus dos platas, resplandecientes y blancas, y luego salió disparando mientras el vaquero gritaba: “¡te debo una, amiguito!”.

2 comentarios

  1. ¿El vaquero cambió de caballo o lo tiñó en la peluquería? ¡En el libro era un caballo blanco!
    La princesa está escapándose del vaquero, no quiere ser “liberada”. Dardo tendría que darle una pista falsa al vaquero para que no la encuentre.

    1. ¡Excelente idea! Despistar siempre es algo que a Dardo le sale genial, porque es muy despistado. Y lo del caballo teñido en la peluquería es un detalle que sucedió y nos olvidamos de contar… a propósito, ¡para ver si estaban atentos!

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