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Cuando apareció Ingo, Dardo decidió poner toda la carne al asador. Esto significa que quiso tomar todos los recaudos para que la experiencia no tuviera fallas. Se imaginó que si todo salía bien, accederían a un mundo perido, a un lugar lleno de dinosaurios como Parque Jurásico.

Entonces Dardo decidió hacer más lugar en la heladera porque su amigo había aparecido con un muñeco de un sinoceratops y estaba tan aferrado a él que todo indicaba que irían a hacer la travesía juntos. Entonces puso más carne en el freezer, y allí fue que recordó: el alimento balanceado de Rodón era uno especial a base de vacío. No lo compraban siempre porque era muy caro, pero para su fiesta de cumpleaños lo habían agasajado.

Dardo calculó que su experiencia de antes de la fiesta de Rodón había sido con más carne en el freezer, y sacó la conclusión que podría equipararse la cantidad de ayer con las bolitas ultraconcentradas que comía su perro. Fue hasta la bolsa de alimento y la trajo. Acomodó el contenido al costado de sus cristales rosados y, esta vez sí, la heladera hizo los mismos ruidos que la primera vez. Dardo entró confiado y desde dentro le tendió la mano a su amigo, que dudaba.

Tal vez empujado por el aroma de sus bolitas preferidas, Rodón dio un salto inesperado hacia dentro de la heladera, empujando a la vez a Ingo con su dinosaurio hacia el interior.

Después de unos temblequeos, la puerta se abrió sola. Esta vez no salieron al campito. Dieron unos pasos en un lugar también muy amplio, que Ingo no conocía pero que a Dardo le resultaba familiar. Unos autos por allí destruidos, unos neumáticos apilados, algo de chatarra… se dio cuenta de que habían sido transportados ¡al playón de Ramón Fabricón!

-Ramón, Ramón… -llamó Dardo mientras Rodón daba pasos asustados, pero en el caso de él no era por desconocimiento como Ingo. En el caso del perro, tenía el recuerdo de la compactadora ruidosa.

-¿Dónde estamos, Dardo?

-Esto es lo que yo les contaba en la escuela y nadie me creía. Acá trabaja Ramón, el que nos da los autitos de juguete todas las semanas. Pero no lo veo por ningún lado.

-¿Y Rodón?

-Está asustado por lo que le pasó la última vez.

-¿Qué le pasó?

-Lo que les conté, que se metió en la máquina compactadora.

-Cierto, ¿y cuál es la máquina?

Dardo sólo tuvo que mirar hacia adonde habían ingresado. Al abrir la puerta de la heladera, habían accedido al playón nada menos que por la puerta de la mismísima compactadora del chatarrero.

¿Qué tenían que hacer? Dardo reflexionó que si querían volver a su casa tenían que entrar en la compactadora. Pero si iban allí dentro de nuevo, se arriesgaban a cambiar las dimensiones de su propio cuerpo.

-¿Cómo decís de hacer para volver? -le preguntó Dardo-. Yo conozco el camino, lo hice en bici, pero es muy lejos ir hasta casa desde acá. No es como las otras veces que aparecí en el campito de enfrente.

-Bueno, entonces la única que queda es volver metiéndonos en la máquina. ¿Vos sabés usarla?

-Es una pavada, Ingo. Sólo tiene una palanca.

Fue allí que Ingo tuvo una idea genial. Antes de accionar la compactadora, podrían hacer una prueba colocando su dinosaurio miniatura allí dentro. Si desaparecía, ellos podrían ir tras él. Continuó diciendo…

-Y si falla…

 -Si falla entonces puede ser que el dinosaurio se vuelva gigante, tendríamos que salir corriendo -arriesgó Dardo.

-No lo creo, porque es un juguete. Una cosa es un perro vivo gigante, pero otra es un juguetito.

A Dardo le pareció coherente esta idea. Entró al recinto con el sinoceratops y lo depositó adonde antes había puesto su coupé 46 azul. Salió y activó la palanca. El problema fue que antes de que se cierre la compuerta, empezó a hacer sus ruidos y Rodón no tuvo mejor idea que salir corriendo… ¡otra vez adentro de la compactadora!

Ingo y Dardo se miraron. Se encogieron de hombros. ¿Qué podían hacer? Esperaron a que no haya más ruido y, cuando abrieron, no salió ningún monstruo. Como lo predijo Dardo, no había nada allí dentro.

-Esto significa que podemos meternos allí y volver a transportarnos a tu casa.

Ingo se metió sin dudar en la compactadora, Dardo activó la palanca y mientras se cerraba la compuerta, se metió con su amigo.

Estuvo todo oscuro por un instante y después Dardo empujó la puerta con el pie delicadamente. Y, por supuesto, salieron a la cocina de Dardo. Todo normal. ¿O no?

Esucharon gritos. Era la mamá de Dardo:

-¡Fuera, fuera! -espantaba con una escoba a alguien hacia fuera de la casa.

-¿Qué pasa, mamá?

-Dardo, ¿qué hiciste? Primero todo el enchastre del freezer con alimento balanceado. Y después…

-¿Después qué? -preguntó Ingo intrigado.

-Este animal espantoso.

Miraron por la ventana.

Había una mezcla de perro con rinoceronte allí afuera, con cara amistosa y una cresta, pero babeando y rascándose la panza en un gesto típico de Rodón.

-No se preocupe, señora -la calmó Ingo-. Es su mascota, Rodón, que se mezcló con mi juguete de sinoceratops, pero eran dinosaurios amistosos. Los cuernos pueden ser un poco molestos pero…

-Mirá, mirá -dijo Dardo-. Los cuernos no los tiene. ¿O sí?

-Sí, unos cuernos enormes -dijo la madre, que se acercó a la ventana y se sorprendió al no verlos.

-Sí, los tiene pero más chiquitos, fíjense -señaló Ingo con voz de experto.

Era verdad. La cabeza perruna tenía unos cuernos pequeños.

-Bueno, ahora no asusta tanto, se parece al tamaño de Rodón, pero recién era gigante.

-Claro, mamá. En un rato se le va a pasar.

-¿Y si no se le pasa?

-Yo lo resuelvo.

Dardo tenía la convicción de un científico, y con la ayuda de Ingo idearon un sistema perfecto: fueron al freezer, tomaron todo el alimento balanceado a base de vacío y lo llevaron allí afuera, adonde el Rodonsaurio se acercó en un santiamén a devorar el manjar.

Cuando volvieron a entrar, Dardo le dijo a la mamá:

-Tranquila, ahora sólo es esperar a que vuelva a ser Rodón.

Ella ya estaba muy conforme, porque su hijo científico había limpiado todo el desastre que había hecho en el freezer con su experimento.

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